Rio Branco

Poesía

“Dame tu mano voy a contarte ahora como he entrado en lo inexpresivo que siempre ha sido mi búsqueda ciega y secreta” Clarice Lispector

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De las sensaciones : La leyenda de la flor de Amancay

Poesía

Quintral era el hijo del cacique, amante del río al cual recorría por las mañanas hasta su desembocadura en el Lago Mascardi. En uno de sus paseos conoció a Amancay, una humilde joven que al verlo se enamoró, aunque sabiendo que se trataba de un amor imposible, ya que ella era pobre. Tiempo después, una epidemia llegó la región y Quintral cayó gravemente enfermo. La noticia comenzó a correr por la tribu, hasta que llegó a oídos de Amancay, quien en su desesperación consultó a la chamana de la tribu. Ella le dijo que solo existía una posibilidad de cura y que era a través de una flor de color amarillo que crecía en lo alto del Cerro Tronador. Con esa flor, ella elaboraría una infusión que curaría al joven Quintral. Sin dudarlo un solo instante, Amancay salió en búsqueda de la preciada flor. Cruzando ríos y arroyos pasó por muchísimos peligros hasta que finalmente alcanzó la cumbre de la montaña y dio con la preciada flor. Amancay estaba muy feliz, pues podría ayudar al joven Quintral y curarlo. En ese momento, habiendo ya descendido de la montaña, se le apareció un Cóndor que le exigió le devolviera la flor. Ante la negativa de la joven, el cóndor le propuso que le permitiría curar al joven Quintral si ella entregaba a cambio su corazón. Amancay accedió de inmediato. Fue así que el Condor se acercó a la joven y con su pico le extrajo el corazón y de inmediato se lo llevó, dejando un reguero de sangre a su paso, que fue suficiente para curar al joven Quintral y dejar propagado un mensaje de amor a lo largo de toda la costa del Lago Mascardi y del Nahuel Huapi: la flor del Amancay, con sus pétalos de oro y su corazón marcado con las gotas de sangre de la joven india.

Como toda leyenda, fue trasmitida de boca en boca a lo largo de los años. Hoy, una hermosa flor color amarillo con su corazón salpicado de tintes rojos embellece toda la costa del Lago Mascardi, las faldas del Cerro Tronador y toda la zona circundante de San Carlos de Bariloche, como muestra de ese amor inquebrantable de Amancay hacia su amado Quintral. Aquí, mi humilde versión hecha verso:


Quintral, al curso diario del río claro y profundo
en suave deslizar con zigzagueo briago
todas las mañanas como trazo fecundo
en busca de aquél lago.

Testigo de aquél joven con dulce mirada
a su paso gentil la niña se estremece
fijando su ilusión de triste desbocada
al hombre que aparece.

Como un gesto imposible para el corazón
nada que pueda curarlo en el mundo hay
en donde solo predomina la razón
de la dulce Amancay.

Pero un día llegó la dura enfermedad
diezmando al pueblo sin ninguna distinción
trayendo los males sin penas ni piedad
fijando situación.

Hijo del cacique, Quintral era su nombre
cayó bajo garras del mal desmesurado
llegó a los oídos de aquella joven pobre
el daño de su amado.
Entonces al chamán le pide su consejo
quien dice que la cura sin pena ni dolor
como gesto perfecto delicado y complejo
reside en una flor.

Pero ella solo vive allá en la montaña
aquella, Amun Kar, que llaman Tronador
creciendo en su cumbre de forma tan extraña
amarillo su color.

Allá va la joven en busca de la planta
sin nada que la frene detrás de la cura
inmersa en la gesta que sola se agiganta
con tintes de locura.

Erguida la sostiene sonriente con su flor
bajando de la cumbre sutil la sanación
y todo habrá curado, sin penas ni dolor
por la mágica poción.

Mas nada estaba dicho pues bien se apareció
el rey del Amun Kar que en gesto disuasivo
por tal suprema afrenta que a el mismo enfureció
le muestra su objetivo.

La flor debe entregar o bien algo preciado
reclama el tributo con uso de razón
la joven debe darle en gesto no esperado
su propio corazón.

El Cóndor de Amun Kar, que llaman Tronador
extrae con su pico el fruto de la ofrenda
se eleva hacia los cielos con todo su esplendor
sin nadie que lo entienda.

Y ahora es un reguero de tono carmesí
al pétalo tiñendo en roja investidura
despliega en esa flor su eterno frenesí
sellando su hermosura.



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