L'arc en ciel

Poesía

Comprendo tu prudencia, no puedo regresar. Ahora ya sé que es lo mejor para ti. Solo puedo hoy pedirle al canto de los pájaros, por la lluvia en el verano, para que pueda darme lentamente, un arco iris.

Autor

2006 | Alto Paraná : La leyenda de la flor del irupé

Poesía

"Erase una doncella bellísima que se enamoró de la luna. La cuitada languidecía con su amor sin esperanzas, mirando al astro de la noche esparcir su pálida luz desde la altura . Un día, llevada por la fuerza de su pasión, se determinó a buscar a su celestial amante. Subió a los árboles más altos e inútilmente tendía los brazos en busca de lo inalcanzable. A costa de grandes fatigas trepó a la montaña, y allí, en la cima estremecida por los vientos esperó el paso de la luna pero también fue en vano. Volvió al valle suspirosa y doliente, y caminó, caminó para ver si llegando a la línea del horizonte la podía alcanzar. Y sus pies sangraban sobre los ásperos caminos en la búsqueda de lo imposible. Sin embargo, una noche, al mirar en el fondo de un lago se vio reflejada en la profundidad y tan cerca de ella que creía poder tocarla con las manos. Sin pensar un momento se arrojó a las aguas y fue a la hondura para poder tenerla. Las aguas se cerraron sobre ella y allí quedó la infeliz para siempre con su sueño irrealizado. Entonces Tupá, compadecido, la transformó en irupé, cuyas hojas tienen la forma del disco lunar y que mira hacia lo alto en procura de su amado ideal."

(Velmiro Ayala Gauna. La selva y su hombre, Rosario, Librería y Editorial Ruiz, 1944)

La leyenda de la flor del irupé

Todas las noches de luna,
sobre el monte frío y tierno,
su belleza destilaba,
la dulzura de su cuerpo.
Prestas sus manos inquietas,
buscaban tocar el cielo,
mas lograrlo no podía,
grande el dolor del momento.
Dulce doncella que amas,
la luz envuelta en su velo,
en las noches luminosas,
pendiendo del firmamento.
Y no encuentras la salida,
al sufrimiento siniestro,
día y noche vas buscando,
jugar tu amor en secreto.
Trepando por los sauzales,
lanzas tus brazos al viento,
intentas llegar a ella,
buscando robarle un beso.
Un dolor que ya no cede,
desde lo alto de aquél cerro,
también quisiste llegar,
imposible, ¡Qué siniestro!
Lágrimas de amor vertiste,
regada de desconsuelo,
recostada en esa orilla,
la viste en aquél reflejo,
y tu almita enamorada,
desbordante de amor pleno,
te llevó, ¡Ciega locura!
a sumergirte en tus sueños.
Y de ellos, tan profundos,
no pudiste desprenderlos.
De la carne de aquél río,
surgieron brazos dispuestos,
a remediar tal angustia,
y volcar tu amor al cielo.
Una flor blanca y muy pura,
representando tu sueño,
y el cuerpo del irupé
de la luna, el fiel reflejo.



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