Los dos soles de Clara Miller

Cuento, relato

La literatura fantástica guarda una importante ventaja respecto a otros géneros, una ventaja distintiva, pero casi estremecedora, que la diferencia respecto a otras formas narrativas. El tema de lo "fantástico" le da al autor ciertas licencias muy particulares, que en definitiva le permite explorar en lo más profundo de su mente, para sacar de allí toda la esencia de eso tan especial y volcarlo en un relato.

Autor

El diario de Nicole des Jardins

Cuento

Este cuento hace referencia a la cuatrilogía de Cita con Rama (1) de Arthur Clarke, con lo cual podrás comprenderlo perfectamente si conoces el hilo de la historia. Y si no lo conoces, tal vez te encuentres con alguna sorpresa al final.

 

Una voz distante, en los últimos latidos de sueño, la volvieron por un momento a un lejano pero a la vez cercano tiempo pasado. Era el sonido cálido y tranquilizador de la voz de Geneviève. ¿Sería eso posible? De pronto la realidad: "Diecinueve años, tiempo de viajero, por supuesto".

Ahora la imagen ante sus ojos no era la de su hija. Era su propia madre la que la estaba despertando. Su mente le estaba jugando una mala pasada seguramente. No podía ser. Ella había quedado en su infancia, tal vez en la ceremonia del Poro, en Costa de Marfil. Le costó asimilar que se trataba de un biot Anawi Tiasso que ella misma había ayudado a diseñar años antes, aunque casi como si hubiese sido ayer para su mente desenfrenada.
Ahora el tono de voz de su anfitriona había cambiado por completo. La Tiasso continuaba con su tarea de masajes en los entumecidos músculos mientras hablaba y decía cosas incoherentes para la mente abstraída de Nicole. Pero lo que no tenía coherencia no era lo que decía precisamente sino el timbre de esa voz. No era el de su madre, era el de Francesca Sabatini. Perversa. En lo profundo de su pensamiento sabía que había logrado lo que quería -fama y dinero- y no por propia intuición sino por la misma revelación de Kenji Watanabe, algún tiempo después.

De pronto cae a la realidad. Se encuentra ahora en Rama, de regreso a la Tierra, el mundo que la vio nacer. Entonces, mira a la Tiasso y sin interferir en su tarea le pregunta:

-¿Qué día es hoy?
-Eso es muy difícil de responder con exactitud señora Wakefield.
-Déjelo ahí. No tiene sentido. Empezaremos con el tema de la relatividad que nunca pude ni podré entender por más que Richard se haya esforzado en explicarme.
-Puedo intentarlo señora si así lo desea - agregó la Tiasso.
-No hace falta. A propósito. ¿Y Richard?
-En otro sector del somnario, la despertamos primero a usted. Luego seguiremos con él.

 

 

¿Y dónde encaja todo esto?, pensó para si misma. Todo es relativo, el tiempo, el espacio. Esta vida que no elegí. ¿O sí? Esto es una locura. Tal vez aún no haya despertado y sea parte del propio sueño. Allí si encajaría.

De pronto se vio envuelta dentro del pozo. Allá lejos y hace tiempo. ¿Tiempo? ¿Tiene sentido el tiempo bajo estas circunstancias? Sintióse nuevamente desfallecer dentro del pozo. Estaba de nuevo en Rama, bajo los rascacielos de Nueva York, esa misteriosa isla metálica que nunca llegaría a comprender. Dentro del cobertizo donde ninguna onda podía entrar o salir. Y recordaba que la propia Francesca había sido el último ser humano que había visto. Pero de eso ya habían transcurrido algunos días. Ahora, ese melón maná la mantenía atada a la vida y bajo ninguna circunstancia hubiese imaginado la intimidante figura del ciempiés biot que finalmente la volvió al mundo, no sin la debida cuota de agallas del caso.

Y la imagen de Rama se hizo entonces más notoria. ¿Qué secretos ocultos guardaba esa misteriosa nave espacial proveniente de algún remoto lugar de la galaxia? En un principio fue todo incertidumbre. Nada de lo que hubiese dejado la misión Norton de Rama I era suficiente para obtener alguna respuesta. Y luego, todo salió mal. Hasta el punto de haber quedado atrapada junto con dos seres humanos en el regreso al espacio exterior. Y durante años ninguna respuesta. Hasta que al fin si la hubo. Pero sin ser lo suficientemente satisfactoria a su entender.

Y Simone … ¡Simone!, ¡Por Dios! ¡Ella había quedado en el Nodo junto a Michael O'Toole! Tan chiquita … No. Debía apartarse ahora de ese pensamiento. No podía hacerse a la idea de eso.

De repente se vio sentada en su silla de ruedas, junto a El Águila que monitoreaba constantemente sus sistemas vitales, ahora si con serias fallas. Sabía que el final estaba próximo, entonces continuó el viaje con su imaginación hasta confines aún más lejanos que los que la propia inteligencia nodal le estaba mostrando.

Tuvo tiempo no obstante para dejar escapar primero una lágrima y luego un llanto profundo, por todos sus hijos a los que ya, era una certeza, nunca más volvería a ver, tan solo porque le quedaban unos pocos minutos de vida.

Y vio en esa escena a Geneviève, a la que hacía tantos pero tantos años había dejado allá en la Tierra, en un país llamado Francia. A su pequeña Simone, ahora convertida en mujer. A Patrick, a Benji y lloró desconsoladamente por Katie, con la que se encontraría en tan solo unos minutos. Y también vería a Richard. Entonces sonrió. Y espero ese instante con alegría. Eso la mantenía consciente aún. Todavía faltaban recorrer algunos pensamientos más antes de entregarse a su nueva morada.

Y de pensamientos estamos hechos, se dijo. Es increíble, como en un instante se diluyen, solo queda un cuerpo inerte incapaz de contener ya a esos pensamientos que no hacen más que crear la esencia de uno mismo.

Estaba ahora dentro del módulo de conocimiento, junto a El Águila, en algún lugar del Nodo en Tau Ceti. Qué lejos había quedado aquél otro Nodo, el de Sirio. Habían transcurrido tantos años, y tan pocos al mismo tiempo. En fin, una jugarreta del tiempo.

Nunca pensó encontrar algo tan cercano a la Creación en el último suspiro de su vida. Como que toda la energía del universo se concentraba ahora dentro del módulo y ella, Nicole Des Jardins Wakefield la estaba asimilando. Pensó entonces, que la propia muerte sería solo un paso. El atravesar un portal o simplemente, el despertar del gran sueño. Pero no lo pensó por propia intuición, la misma Creación se lo estaba dictando. Era como regocijarse de paz en el instante más preciso, la paz más pura que alguien puede asimilar.

Cada desplazamiento de energía, era como nutrirse vertiginosamente de conocimiento. Asimilar cada vórtice significaba un aprendizaje exponencial respecto a lo que le había tocado asimilar a lo largo de su vida. Comprendió que ese preciso instante era algo más que la propia muerte, era el abandonar un plano de aprendizaje e ingresar a otro de conocimiento.

En un momento no supo distinguir si estaba allí o había atravesado ya el umbral. Miró a El Águila y simplemente le preguntó:

-¿Ya sucedió?
-No todavía, pero falta poco.
-¿Cómo me daré cuenta?
-Te darás cuenta, no te preocupes. ¿Tienes miedo?
-No, para nada.
-Bien, ese es el sentido de todo esto.
De repente todo se oscureció. Nicole se aferró fuertemente con su brazo derecho a su silla de ruedas y con el otro a la mano de El Águila.
-Aquí estoy - dijo él - presta mucha atención a lo que sucederá ahora.
En ese instante, en la oscuridad aparece una Luz. Es la Luz del primer instante, el del comienzo, cuando todo empezó. En Ella, todo empezó a emerger. Rápidamente, fugaz y contundente empezó a expandirse hasta llegar a la creación de miles y miles de galaxias. En un punto volvió a aparecer la Vía Láctea y de repente la imagen se centraliza en un puntito azul. Allí la imagen de una niña morena, en una ceremonia ritual, y luego el príncipe Henry, futuro rey de Inglaterra extendía sus brazos hacia ella. Un instante más tarde la Newton y su aproximación a Rama. El General Borzov, el mar cilíndrico y la guarida de las octoarañas.
Más tarde Nicole ya estaba en Rama, en el somnario despertando de su viaje de diecinueve años a tiempo de viajero. La colonia de Nuevo Edén, Nakamura y la guerra que puso fin a una enorme sucesión de desgracias.
Finalmente comprendió que todo era como el módulo de conocimiento le había sugerido. Era como despertar de un sueño y decir de repente: "Ah, era esto". Si, era eso. Ahora pudo entenderlo mucho mejor, desde el otro lado del portal.


(1) Bibliografía: Cita Con Rama (1972) Arthur C. Clarke, Rama II (1989) Arthur C. Clarke y Gentry Lee, El jardín de Rama (1991) Arthur C. Clarke y Gentry Lee y Rama Revelada (1993) Arthur C. Clarke y Gentry Lee.



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